Capítulo 1

Todavía puedo sentir lo remoto y triste que era el mundo esa madrugada. A las dos y cuarto, en la comisaría parecía no haber nadie más que el policía que levantaba el parte con mi denuncia. Escribía con la mirada clavada en el teclado, utilizando sólo los dedos índices y el pulgar derecho, y entre letra y letra el silencio se estiraba como un dolor de muelas.
- Cuántos individuos la atacaron? -preguntó antes de terminar de escribir mi respuesta anterior, en un alarde de destreza psicomotriz del que tomé nota mentalmente.
- Uno, ya le dije que era uno solo el que me atacó.
Tic.
Tic.
El cabo Fagúndez -había leído su nombre en la placa de plástico azul que llevaba prendida en el pecho- tardó dos minutos veinte segundos en consignar mi respuesta, mientras yo cronometraba el tiempo con la vista clavada en un reloj de pared de plástico blanco, colgado justo detrás de su cabeza rapada. Cuando terminó de golpear el teclado quedó inmóvil unos instantes, mirando fijo la pantalla de la computadora, y no pude saber si releía lo que había escrito o si dormía con los ojos abiertos.En medio de ese vacío total de sonidos -ese que sólo se produce en las madrugadas frías y tristes- miré alrededor buscando algo en qué distraer la vista y los pensamientos, sobre todo los pensamientos, para amarrarlos a cualquier puerto que les impidiera volar a los hechos y revivir, por enésima vez, la escena del parque.
Mirar, hablar, contar el tiempo, debía hacer cualquier cosa con tal de no volver a recordar lo que acababa de suceder. Hablar con Fagúndez de cualquier banalidad para cortar la tensión parecía una empresa difícil de abordar. Descartado. Mirar el retrato de Artigas vestido de blandengue, poncho a la espalda, sable en la vaina y brazos cruzados sobre el pecho, ese Artigas que todos conocemos, no me serviría como distracción. Conocía esa imagen pintada por Blanes en cada detalle y de memoria desde el tiempo en que lo veía colgado de las paredes de la escuela, y no tenía sentido insistir en repasar su nariz aguileña o el uniforme azul con vivos rojos o su aire de prócer inmortal. Descartado, Artigas. Las paredes blancas y el piso gris lucían muy limpios, ni un chicle pegado, ni un papel arrugado interrumpían el aburrimiento de aquella higiene dramatizada por la luz de sodio. Pegado a una cartelera con chinches doradas, un impreso celeste y blanco me invitaba a ser oficial de policía. No cuenten conmigo, respondí al llamado patriótico, y ya empezaba a olvidar la razón que me había traído a aquel sitio vacío, triste y silencioso, pero iluminado como un estadio.
- Continúe, por favor. ¿Qué sucedió después?
El cabo Fagúndez me invitaba a seguir recordando en un tono de voz que en cada oportunidad me sorprendía por lo monocorde, como si cada pregunta que se veía obligado a formular lo aburriera más que la anterior. Obediente, cerré los ojos buscando las imágenes, mi mente saltó del impreso celeste y blanco que llamaba a ser oficial de policía a lo sucedido unos momentos antes, al preciso instante en que yo caminaba por el sendero del parque y el tipo me sorprendía por detrás y me amordazaba el grito con su mano dura tapiando mi boca.A veces el recuerdo se parece demasiado a la realidad, inquietante como un secreto multiplicado dentro de un espejo. La mano que apretaba mis labios contra los dientes, el grito bloqueado con gusto a sangre, mis ojos buscando que buscaban su rostro, la máscara absurda que cubría su cara, y la violencia de su ataque, la violencia, todo se agolpó en mi memoria entreverado y confuso pero realcomo las escenas de una película superpuestas con las escenas de mi vida, sucediéndose en una mágica incoherencia. Los hechos así recordados en un caos de imágenes proyectadas a toda velocidad, me sacudieron casi tanto como la agresión real que acababa de sufrir. Sucedió de súbito como un acto reflejo, algo imposible de dominar: el recuerdo me estalló en la memoria -sandía podrida que cae al suelo partiéndose en mil pedazos-, y el aire escapó de los pulmones como si me hubieran pateado en la boca del estómago. La escena del tipo golpeándome se recreó en mi cabeza, la violencia, sobre todo la violencia salpicó mis recuerdos, y la sentí gotear ojos afuera en lágrimas que me apresuré a secar con la manga embarrada de una camisa de seda que ya nunca más usaría, tragándome el recuerdo de un gusto a sangre en la boca.
Abrí los ojos.
El policía esperaba mi respuesta con los dedos apoyados sobre el teclado, sin levantar la vista y con expresión de haberlo escuchado todo en la vida. Ni siquiera un parpadeo interrumpía la nada hastiada de su mirada.
- Siga, por favor -insistió sin fuerzas, tal vez harto de esperar la mejor parte de aquella historia.
En mi mente, el hombre escondido tras una absurda máscara de película de terror barato volvió a golpearme, a arrastrarme hasta la arboleda tirando de mi cabello y de mi ropa, a voltearme al suelo de una trompada, y yo me apreté las manos contra el pecho, muy fuerte, para que ellas no me arrastraran en su temblor.
Algún milagro debe haberse producido porque desde su inmovilidad hierática Fagúndez carraspeó dos veces. Basta, le ordené a mi memoria, ya es suficiente, no quiero pasar por esto otra vez. Decidida a terminar, reduje el horror a pocas palabras.
- Después me golpeó, me llevó de los pelos hasta la parte oscura del parque, entre los árboles. Me siguió golpeando e intentó violarme.
Es la primera vez en la vida que conjugo el verbo en primera persona, se me ocurrió pensar. La frase quedó rebotando en las paredes blancas de la comisaría. Intentó violarme, le escuché decir a mi voz y el eco sonó cada vez más lejos, escapando por los corredores oscuros y silenciosos. Demasiado dramático. Me atacó, me golpeó. Primera persona del singular. Conjugarlo dolía tanto como los golpes y casi que humillaba más.
El teclado del cabo Fagúndez resucitó de entre los muertos, pero sin apuro.
Tic.
Tic.
Ni sombra de interés en su rostro de mirada fija.Con la punta de los dedos me toqué la cara, que sentí sucia, caliente e hinchada y, como quien saca un conejo de la galera, sentí aparecer otro dolor, nuevo y material, tan humillante como aquel otro. Respiré fuerte dos o tres veces y el policía Fagúndez -por fin- levantó los ojos del teclado y me miró a la cara.
- ¿Se siente bien?
- Sí.
- Ya debe estar por llegar la ambulancia que la va a llevar al forense. Quédese tranquila -ordenó.
- Sí.
Su preocupación desapareció tan repentinamente como había aparecido, tal vez tragada por la misma indiferencia.Siguió aporreando el teclado con poca pericia y mucho esmero.Tic.Tic.Las lágrimas continuaban brotando y se deslizaban por los moretones de mi cara, pero yo ya no tenía ganas de hacer nada por disimularlas. Los ojos comenzaron a arderme y los cerré con fuerza, con ganas de no volver a abrirlos hasta estar en mi casa, bajo la ducha, entre mis sábanas, con ganas de no volver a abrirlos hasta la mañana siguiente, hasta una mañana remota en que todo estuviera olvidado. Apreté los párpados y la comisaría desapareció, oprimí las palmas de las manos contra las orejas y los sonidos se disolvieron, y hasta creo haber logrado que el teclado de Fagúndez desapareciera de mi conciencia y quedar a oscuras y en silencio conmigo misma. Pero en ese vacío de pompa de jabón, en ese vacío de sueño sin sueños fue que empecé a experimentar una sensación física desconocida. Mi cuerpo se licuaba, se derretía, se volvía líquido sobre la silla de plástico blanco, se escurría por los costados ante a mi angustia impotente, y yo no podía hacer nada sino sentirlo fluir. Pensé qué haría si comenzaba a chorrear sobre el suelo tan limpio, tan impecable, si formaba un charco que se extendiera hasta ofender la higiene de la comisaría, y entonces volví a abrir los ojos para dejar de sentirme líquida, volví a la comisaría y la pompa de jabón se rompió.
Allí todo seguía igual.
Tic.
Tic.
Me sequé la cara con el dorso de la mano, respiré hondo y miré a Fagúndez, quese tomaba su tiempo.
- ¿De los cabellos, la arrastró? -preguntó casi sin desplegar los labios.
- Sí. De los pelos.
Como si lo hubieran llamado por su nombre, el cuero cabelludo despertó y comenzó a doler tanto como la cara hinchada y como la rabia. Me toqué el pelo —el cabello, me dijo Fagúndez— enredado y sucio de barro, sin atreverme siquiera a rozar las raíces. Intenté alisar la maraña, aplastar los mechones parados, domar aquel nido de caranchos, hasta que advertí lo patético y trasnochado de mi coquetería. De acá salgo a la peluquería y me hago el brushing, pensé por pensar algo, sentada en una comisaría desolada a las dos y veinticuatro de la madrugada. Entretanto, me tenía que conformar con pasar la mano por el pelo así, despacio, casi acariciando, pensando que de esa forma arreglaba mi aspecto y recibía algo de consuelo.En algún momento Fagúndez debía de haber terminado de escribir mi respuesta porque volvió a hacerse el vacío.
- Continúe -me ordenó después de unos segundos transcurridos en blanco.
Hubiera querido detenerme ahí, no hablar más y comenzar a olvidar en ese mismo momento, pero me obligué a mover los labios y así recité el final del ataque, sin mirar a Fagúndez y de la manera más sintética que se tenga noticia en la crónica policial.
- Se escucharon unos pasos acercándose a la arboleda donde estábamos, y el tipo escapó -resumí.
-¿De quién eran los pasos?
- No sé. De alguien que caminaba por el parque a esas horas. Es todo lo que le puedo decir.
Se activó el lento proceso del tecleo y después volvió el silencio.
- ¿Usted vio a la persona que se acercaba?
- No.
Después de mi respuesta se hizo un vacío breve pero denso que me hizo levantar la vista, y fue entonces que sorprendí a Fagúndez dirigiéndome una mirada fugaz, justo antes de volver al teclado. Aunque no duró mucho creí ver algo, una lástima distante y profesional, una pena hastiada, acostumbrada, pero era algo parecido a un sentimiento y por un instante casi me sentí mejor.
Tic.
Tic.
Antes lo había descartado, pero volví a aferrar la mirada a la imagen de Artigas. Aunque luzca el ceño fruncido, el prócer debe de haber sido un buen tipo, pensé. Me hubiera gustado hablarle, decirle algo y que él me contestara, pero Artigas es un héroe de la patria y yo no podía saber si él me contestaría o si sólo quedaría así como estaba, sumido en su silencio de óleo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista perdida en la historia. O tal vez yo le dijera “Buenas noches, general” y él me respondiera con una de aquellas frases suyas que se esculpen en el granito de los monumentos patrios: “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”. Me quedé callada y sin argumentos.
- ¿Está segura de no haber identificado al agresor?
Me agarró distraída, levanté la cabeza y miré a Fagúndez.
Casi se me escapa. Casi.
Pero de alguna manera recompuse las ideas y volví a la que, apenas unos momentos antes, y ya arrepentida de haber llamado a la policía, sentada en el patrullero camino de la comisaría, había decidido que sería la versión oficial. La única versión.
- No. No sé quién era.
- Haga una descripción del agresor, por favor.
Inventé que era bajo, morocho y grueso. Y no me olvidé de mentir que olía a suciedad y a alcohol. El cabo Fagúndez pareció animarse con la descripción de mi atacante y hasta me pareció que empezaba a escribir más rápido. O tal vez el tiempo —esa percepción mentirosa— se aceleró de pronto y se convirtió en un torbellino donde se mezclaron mis últimas declaraciones y la lectura del parte, hecha en voz alta y con tono monocorde por el policía.Cuando estaba firmando la transcripción del documento que fingí leer, llegó la ambulancia que me llevaría al forense y bajaron dos enfermeros. Pensé que aquella sucesión de actos se parecía a una obra de teatro, donde cada personaje hacía su entrada en el momento preciso que marcaba el guión.Recuerdo haber subido a la ambulancia aferrando la cartera embarrada contra el cuerpo dolorido; recuerdo, justo antes de cerrarse la puerta, haber visto la mirada del cabo Fagúndez que parecía preguntar algo.
Pero nunca supe qué, y no pude contestarle.

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Capítulo 2


El tío Ignacio podría haberme dejado en su testamento el caserón de Sayago o el chalé de Playa Hermosa o el décimo piso sobre la Plaza Cagancha. Pero me dejó el apartamento del parque Villa Biarritz y, en el acto trivial de tomar esa decisión -lo imagino con el vaso de whisky en la mano, tirando una moneda al aire o sacando de una bolsa papeles con el nombre de cada sobrino-, cambió mi destino en forma tan definitiva como imagino que sólo puede hacerlo Dios o el azar, que es el dios de los que no creen.Así fue que me decidí, pasados los cuarenta, a lanzar mi propio grito de independencia, a enfrentar a mi madre —con quien había vivido casi toda la vida, excepto mis dos años de matrimonio con Andrés— y decirle chau pinela, me voy, me rajo y que te garúe finito. Y ella hizo lo que debía o lo que podía, intentó la última manipulación, el postrer recurso de decirme “¿me dejás en éste caserón, sola con mis nanas?”, quiso colgarse de mis culpas, en una maniobra burda que advertí a tiempo.Porque nadie llora cuarenta años con la misma telenovela.Y un día me encontré saliendo para siempre de la casa de persianas verde inglés en la que viví demasiado tiempo, con las pocas pertenencias que quise conservar metidas en una valija gris, y el entusiasmo de enfrentar las páginas blancas de un futuro que en aquel momento no hubiera podido predecir.El resto de mis cosas, lo que había amontonado en tantos años y no entró en la valija —todo, todo lo que yo había sido hasta entonces— lo cargué en el auto y terminó sus días en un contenedor de basura de un barrio lejano. Aquel no fue sólo el rito simbólico de dejar atrás la vieja piel, sino un acto que cumplió un fin terapéutico, como lo cumple una amputación necesaria. Fue el abandono físico de todo lo que ya nunca volvería a ser. Decidida como estaba a dejar atrás mi vida anterior, comencé por reducirme a lo más esencial: a mí misma.Tal vez haya sido esa actitud minimalista la que me llevó a mudarme a mi nuevo hogar con un mobiliario de campamento, lo justo para cubrir las necesidades básicas de una supervivencia más que austera. En un remate compré una cama vieja, de aquellas de una plaza y media, que me daría la comodidad necesaria para descansar y ocasionalmente tener sexo, pero que sería insuficiente si alguien llegaba a pensar en quedarse a dormir. Después de tantos y tantos años deseando estar sola, no estaba dispuesta a admitir ninguna presencia -ni más ni menos fija- que echara su sombra sobre el blanco ininterrumpido de las paredes, ninguna voz que poblara de ecos mi silencio, ninguna compañía que llenara la soledad de los espacios vacíos. Una heladera usada, una mesa rústica con cuatro sillas, dos butacas estilo inglés tapizadas en pana verde y raída, una planta y mi computadora portátil completaron el alhajamiento de mis interminables ciento diez metros cuadrados de vacío.Dejaba atrás la relación con mi madre, los chantajes emocionales, las mezquindades de labios apretados. Cuatro décadas de historias de convivencia, ocho lustros descubriendo cada día que no éramos afines, cuarenta años que se habían ido prolongando por razones que hasta hoy ni yo misma sería capaz de explicar. Dos adultas enfrentadas, dos concepciones del mundo. Y una sola casa. ¿Quién habría sido el que idealizó los lazos que unen a una madre y una hija? Alguna huérfana, por cierto, que no tuvo que disputar su madurez a última sangre en un ring side silencioso de persianas bajas, licor de anís y olor a naftalina.Yo había sido todo lo rebelde que se pudo ser al final de los setenta, usaba jeans gastados, me colgaba símbolos de la paz al cuello y creía desafiar a la dictadura militar pegando carteles con engrudo casero y llevando en el bolso el Diario del Che Guevara. Hubo algunas clases de teatro en un tugurio alternativo, algunas reuniones que creíamos clandestinas y poco más que eso, pero todavía recuerdo que al volver por las noches, la mirada de censura en los ojos de mi madre me hacía sentir como Atila devastando su sala de estar. Ella sacudía la cabeza y preguntaba:- ¿Éstas son horas de llegar? Y mejor ni saber dónde habrás estado... En estos tiempos que corren, hacerse la rebelde no puede traer más que problemas. ¿Verdad, Sergio? Mi padre apenas levantaba la vista del diario en un gesto tan breve que jamás entendí si asentía o discrepaba o no le importaba en absoluto.Y entonces, en el setenta y nueve, murió Laura y todo tuvo que cambiar.Al principio me preguntaba si mi transformación fue una reacción frente a la angustia de mis padres o si mi propia nostalgia por mi hermana tuvo algo que ver. Algo me fue llevando a asumir, dentro y fuera de la familia, roles que siempre habían sido suyos, y hoy no sé si los hice míos obligada por las circunstancias o si los tomé por asalto en un acto casi de despojo hacia mi hermana, en una venganza póstuma a la corrección sin fisuras que había sido el distintivo constante de su vida. Al año siguiente entré en la Facultad de Derecho, dejé las reuniones políticas y el teatro. Y aquella vez también tiré mis cosas a la basura, mis jeans gastados y mis gorros de lana de colores, entré a trabajar en el Ministerio y comencé a vestirme con sus camisas de seda. Al año de su muerte, yo era una hija considerada, una funcionaria colaboradora, una vecina amable. Yo era casi, casi ella.El tiempo pasó, el dolor de su pérdida se fue diluyendo en la rutina del día a día, pero yo seguí siendo tan como había sido Laura que, creo, hasta llegué a olvidarme de mí. Sin proponérmelo, había entrado en el laberinto de hacer siempre lo que se nos dice que se debe hacer, y así los años se fueron amontonando unos sobre los otros, sin que yo pudiera encontrar la salida de mi prisión de convencionalismos fáciles, de actos reflejos correctos.No sé qué día ¾si tal cosa sucede en un día preciso¾ me di cuenta de que había pasado años jugando a representar a otra, a ser Laura o quien los otros querían que fuera —mi madre, mis jefes, mis amigos, Andrés—, tantos y tantos años que ya casi había perdido la conciencia de mí misma, aunque en alguna parte todavía quedaba un hálito de rebeldía que fue el que me guió en el camino de vuelta. Recuerdo haber comenzado por tener la sensación de que había pasado el tiempo de la buena letra, de los modales aprendidos, de la moral de los otros. En adelante, me dije, yo pensaría mis propias ideas y todo lo que sobrara podía irse al mismísimo carajo.Y como si todo obedeciera a un plan cósmico, el tío Ignacio acertó a morirse, y con su muerte se acabaron las razones para seguir viviendo en la casa de mi madre y para seguir jugando a esconderme detrás de Laura.Era el momento de volver a ser yo.Cuando por fin tomé posesión del legado de mi tío, cuando llegué al apartamento y dejé la única valija que traía conmigo en el piso, miré alrededor la enorme superficie desolada y pensé que mi casa se parecía más a un inmueble en venta que a un hogar. Decidí que aquello me gustaba y que así quedaría, porque en las interminables paredes blancas yo respiraba por primera vez mi propio aire. Sentí que toda la vida había estado navegando para llegar a aquella playa, un lugar desierto donde ni un Viernes tenía derecho a dejar sus huellas.Después de cerrar la puerta comprendí que era en ese espacio monacal donde yo quedaría, por primera vez, a merced de mí misma.Y el que estuviera vivo en la mañana, que recogiera los cadáveres.

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Capítulo 3

Esa noche, como otras, había ido con Juanita a un bar del Centro, un sótano ruidoso donde se comen huevos revueltos con jamón y papas fritas y se toma vino tinto. Era viernes y era la una de la madrugada, un poco tarde para quien trabajó cuarenta y cinco horas esa misma semana, y ya pasa de los cuarenta años.
Estábamos sentadas en el fondo del local y había mucha gente bebiendo en la barra, esperando una mesa o circulando en busca de una cara familiar con quien compartir un momento y tomarse algo. En la escalera de acceso se veía un embotellamiento de personas subiendo, bajando, mirándose, saludándose.
Trabajábamos en el mismo Ministerio, ella en la Asesoría Financiera y yo en Jurídica, aunque a veces pasábamos semanas enteras sin cruzarnos siquiera. Nuestra relación no solía pasar de almorzar juntas alguna vez en la cafetería o de charlar camino al garage donde guardábamos nuestros autos, pero desde que yo me había mudado a pocas cuadras de su casa había surgido la costumbre de encontrarnos una vez a la semana para salir de noche a ventilar el cansancio o la soledad.
Para nosotras había llegado la hora de las confidencias, ese momento en que saciada el hambre, el vino se entrevera con la sangre hasta soltar la lengua y la risa. En general me entretenía su charla superficial que fluctuaba entre la astrología, las dietas y las marcas de ropa, me divertía el alegre vacío con que se planteaba nuestra relación, aunque yo sospechaba que ella era algo más que eso que mostraba. Anteriormente, habían sido muchos los viernes en que yo había monopolizado la conversación, aburriendo a Juanita con el entusiasmo de mi nueva casa, de mi recién estrenada independencia. Esa noche me sentía dispuesta a retribuir su paciencia para escucharme hablar de pinturas de paredes y remates de muebles, y le pregunté si estaba saliendo con alguien en especial. A pesar del cansancio, intenté imprimir algo de interés en mi tono de voz. Me dio la impresión de que ella vacilaba antes de contestar.
- Sí, hace un tiempo conocí a un tipo que me gusta y ahora estamos
saliendo. Es actor.
- ¿Actor? ¿Salís con un actor? —el interés surgió solo, espontáneo.
- Sí. Como de otro ambiente, ¿no? Es lo que me gusta de él, que sea
diferente a mí. Nada de horarios ni de oficina ni de ropa formal. Aparece un día y
desaparece dos o tres. Hoy me prometió que si no sale muy tarde del ensayo se da una
vuelta por acá. Dale, no te vayas, así lo conocés.
Yo no me sentía muy afín a soportar encuentros románticos ajenos, pero en un repentino arranque de solidaridad acepté la propuesta de Juanita. Entretanto, continuaríamos vaciando nuestra botella de tinto.
El tiempo se fue haciendo redondo como el merlot que bajaba por mi garganta, rodó una media hora y después otra sin que yo me diera cuenta. Cuando ya casi no quedaban cosas que decir ni vino para trasegar de la botella al cuerpo, cuando ya empezaba a haber más bostezos que palabras, Juanita señaló hacia la escalera con el dedo, luciendo una sonrisa que desplazó todo el aburrimiento que se le había ido juntando en el rostro.
- Allá está Federico —casi gritó.
Me pareció ver un grupo de tipos parados en la escalera mirando hacia donde
estábamos, pero no tuve ganas de ponerme los lentes, que a esa hora seguramente no
encontraría.
- Es el de pelo largo.
Un grupo difuso bajaba la escalera, las formas se fueron aproximando hasta parecer gente, y pude distinguir al tipo que ella me señalaba, pelo castaño, alto, elegante. Le encontré cara conocida e intenté recordar dónde lo había visto. Yo no suelo frecuentar los ambientes artísticos, y los actores no suelen frecuentar mi oficina en el Ministerio, pensé. Pero de algún lado lo conocía. Después me acordé de que lo había visto algunas veces al pasar, en el barrio de la casa de mi madre. Hasta me pareció recordar que ella me lo había señalado por la calle, diciendo que hacía trabajos de electricidad. De algo tendrá que vivir un actor, pensé.
Juanita me pidió que la esperara un momento y antes de que pudiera contestarle se perdió entre la masa de cuerpos apiñados. A esa altura de la noche el boliche parecía a punto de explotar y me dio claustrofobia sólo pensar en atravesar todo el local para llegar a la escalera que llevaba a la calle. Lamenté no haberme escabullido antes, no haber dejado la solidaridad para mejor ocasión.
Pasaron los minutos y mi amiga no aparecía. Seguí pensando en lo encerrado del lugar y me fue entrando el pánico de imaginar que se me cerraban los pulmones en un ataque de asma y no podía respirar, que necesitaba tomar aire y no podía salir a la calle porque la escalera estaba bloqueada por una multitud que no me escuchaba ni me dejaba pasar. Recordé un pub subterráneo en Londres que se prendió fuego, un lugar en el que las llamas provocaron el derrumbe de la escalera de acceso a la calle, pensé en toda aquella gente atrapada en su tumba candente mientras las gotas de sudor me corrían por la espalda y un temblor se apoderaba de mis manos. Tenía que controlarme y no dejar que la imaginación se desbocara o el terror al encierro avanzaría y me rodearía hasta angustiarme, y el local se comprimiría y me aplastaría hasta volverse la tumba del amontillado.
Me puse de pie para tratar de llegar al baño y mojarme la cara, y al hacerlo volqué mi copa y golpeé una silla de la mesa de al lado, que cayó y quedó tirada en el suelo, como un cuerpo en el campo de batalla. Sin volver la vista avancé tambaleándome entre la muchedumbre, valiéndome de los codos, de los hombros, de las caderas. El sudor seguía corriéndome por la espalda y sentí el pelo pegado al cráneo. En un momento perdí el sentido de la orientación y creo que di varias vueltas por el local, chocando contra gente que no me registraba, que no me veía. Me faltaba el aire y estaba mareada, desorientada.
Cuando encontré el baño abrí la puerta, me zambullí en el interior, me encerré con un golpe, pasé la falleba, apoyé el cuerpo contra la pared fría de baldosas y respiré hondo, una vez, dos veces, diez veces hasta que sentí bajar las revoluciones. Tenía la cara mojada, pero no supe si eran lágrimas o sudor. Deslicé la espalda contra los azulejos hasta quedar sentada en el suelo frío, crucé los brazos sobre las rodillas, puse la cabeza entre las manos e imaginé que estaba sola, sola, sola. Respiraba y la tranquilidad volvía con el silencio.
A los pocos minutos empezaron a golpear la puerta.
- Está ocupado -susurré.
Volvieron a golpear, más fuerte.
- Está ocupado, mierda.
Me puse de pie, despacio. Fui hasta la pileta y me tomé un tiempo largo para mojarme la cara y los brazos. Dejé la canilla abierta un buen rato, escuchando escuché el sonido del agua que caía sobre la superficie lisa mientras afuera seguían golpeando. Maldita suerte, tendría que salir. Abrí la puerta con fuerza y me enfrenté a una cara boba, enmarcada por un pelo violeta y azul, que me obstruía el paso.
- Correte, imbécil —grité sobre el estruendo, empujándola.
El lugar se estaba vaciando muy rápido y vi a Juanita que conversaba con el tipo de pelo largo, tomándolo de los codos y franeleando como si estuvieran solos en el mundo. A él no le podía ver la cara, pero era evidente que estaban en la etapa de los jueguitos eróticos, tan agradables de practicar pero tan frustrantes para mirar de lejos. Y la muy guacha se transaba al tipo sin importarle un rábano que yo llevara casi media hora esperando, colgada de un clavito, enferma de claustrofobia.
Pasé muy cerca de ellos, pero entretenidos como estaban no me vieron. Yo di la vuelta hasta quedar de frente a Federico. Tenía unos ojos impresionantes color castaño-miel-verdosos, con unas pestañas como pintadas. Su voz me llegó al oído, grave y profunda, una voz trabajada de actor. Disimulada entre la gente que iba quedando, los miré tocarse mientras hablaban, rozarse los cuerpos aprovechando la proximidad a la que obligaba la escasez de espacio. Qué guacha, pensé de nuevo.
Volví a la mesa y empecé a recoger mis cosas para irme, para borrarme de aquel sitio donde nadie repararía en mí aunque bajara un plato volador sobre mi cabeza.
En algún momento la multitud anónima había empezado a convertirse en un conjunto de seres con rostro, pero a esa hora de la noche yo ya no era capaz de reconocer ni a mi madre. Fui hasta la mesa, me colgué la cartera al hombro y pagué la cuenta. Creo que fue entonces que Juanita volvió a la mesa.
- Perdoname que te haya dejado un rato sola.
- ¿Un rato? Me tuviste de seña más de media hora.
- Dale, no te enojes. Estaba hablando con Federico.
Tomamos un taxi. En el camino de vuelta yo me dormía y ella no paraba de hablar planeando una reunión en su casa para el sábado siguiente donde invitaría a sus amigos para presentarlos a Federico. A esa altura de los planes dejé de escucharla. Entre sueños, me vi en una fiesta, en un contenedor de metal sin aberturas, hermético, y allí dentro había tanta gente apiñada que era imposible dar un paso ni moverse. Sólo podía estar parada, sin posibilidades de avanzar ni retroceder, encajada entre la multitud, los codos pegados al cuerpo. Desesperada, miraba alrededor buscando una salida pero no se veía nada más allá de un metro porque el aire estaba denso de humo y de tinieblas. Quise hablar, pero nadie me contestaba. Grité con todas mis fuerzas, pero la música sonaba muy fuerte y nadie me escuchaba. Intenté respirar y sentí los pulmones a punto de estallar y...
Juanita me despertó en la puerta de mi casa. Salí del taxi boqueando como un pescado y creo que no me despedí.

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